Significado: guardián del tesoro, tesorero.
Gaspard debe su sentido — « guardián del tesoro », « tesorero » — a sus lejanas raíces persas o arameas (Gizbar, Kaspar). Debe sobre todo su celebridad a uno de los tres Reyes Magos: según la tradición fijada hacia el siglo IX, Gaspard, Melchor y Baltasar vinieron a adorar al Niño Jesús, lo que hace que el nombre sea festejado el 6 de enero, día de la Epifanía.
Nombre propio de una elegancia retro, Gaspard brilló entre los grandes nombres franceses: el matemático Gaspard Monge, cofundador de la Escuela Politécnica, el almirante Gaspard de Coligny, o el « Gaspard de la noche » de Aloysius Bertrand y Maurice Ravel. En el lado de la dulzura, los más pequeños conocen bien « Gaspard y Lisa ».
Durante mucho tiempo considerado anticuado, hoy experimenta un regreso triunfal, impulsado por la moda de los nombres antiguos y aristocráticos. Gaspard evoca a la vez la aventura — la estrella seguida hasta el fin del mundo — y un encanto matizado, cultivado, un tanto dandi. Un nombre propio que tiene clase y poesía.
Gaspard tiene el encanto de los exploradores y el alma de un narrador. Fiel a su ancestro el Rey mago — aquel que siguió una estrella hasta el fin del mundo —, lleva en sí un gusto irrefrenable por lo lejano y por la maravilla. Su fantasía es reina (su rasgo más destacado): Gaspard sueña, inventa, colecciona curiosidades, se entusiasma por mil cosas a la vez. Con él, la vida siempre tiene un pequeño extra de poesía.
Este nombre propio retro-chic, vuelto muy de moda, mezcla la aristocracia francesa — Gaspard Monge fundando la Politécnica, Gaspard de Coligny, el « Gaspard de la noche » de Ravel — y una dulzura infantil, la de los álbumes « Gaspard y Lisa ». De esta doble herencia, Gaspard extrae una elegancia traviesa: cultivado sin ser pedante, divertido sin ser pesado (su humor da en el blanco), seduce por la finura más que por la fuerza.
Al fondo, es un generoso. Leal y sensible, Gaspard da — su tiempo, su atención, sus tesoros — como el mago ofreció sus presentes. Capta las emociones de los demás con una precisión desarmante y sabe, con una palabra o una atención, calentar una velada. Su diplomacia natural lo convierte en un pacificador, unificador.
¿Su desafío? Esta imaginación hirviente puede volverlo soñador, un poco disperso, tentado por mil caminos cuando debería elegir solo uno. Pero cuando Gaspard encuentra su estrella, la sigue con una constancia que sorprende. Curioso, tierno, ingenioso, atraviesa la existencia como un viaje para saborear, con los ojos brillantes y el corazón abierto. Un mago moderno, en resumen, que encuentra lo maravilloso dondequiera que posa su mirada.
Retrato lúdico, para tomar con una sonrisa.
Gaspard no corre tras los corazones, los guarda. En el amor, es el guardián del tesoro, paciente, preciso, un poco distante pero de una fidelidad a toda prueba. No lanza sus sentimientos al viento; los almacena, los protege, los hace fructificar. Su seducción es silenciosa, una mirada que pesa, una atención que nunca suelta el control. Se siente atraído por la rareza, la autenticidad cruda, aquellos que no temen la intimidad real. En cambio, ¿qué lo cansa rápidamente? La superficialidad, el ruido inútil, los juegos de poder infantiles. Huye de las almas ligeras, las que pasan sin dejar huella. Para él, amar es un acto de conservación, de valorización. Quiere construir, no solo disfrutar. Una pareja debe ser digna de esta caja fuerte emocional. Ofrece una seguridad rara, un anclaje sólido, pero exige a cambio una lealtad inquebrantable. No es romántico en el sentido cliché, está presente. Y para Gaspard, eso es mucho más pesado, más bello, más real.
De raíces persas o arameas (Gizbar/Kaspar), que significan « guardián del tesoro », « tesorero ».
Uno de los tres Reyes Magos que vinieron, según la tradición, a adorar al Niño Jesús.
El 6 de enero, día de la Epifanía, fiesta de los Reyes Magos.
Ya no: durante mucho tiempo considerado anticuado, experimenta un verdadero retorno a la gracia, impulsado por la moda de los nombres propios antiguos y elegantes.
La tradición francesa le atribuye con mayor frecuencia el incienso, el oro corresponde a Melchor y la mirra a Baltasar, aunque las atribuciones varían según los relatos.
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