Egidio es un nombre de encanto antiguo y discreto, que hunde sus raíces en el griego: evoca la egida, el mítico escudo de Zeus hecho de piel de cabra, y junto a ello la imagen del joven cabrito ágil. Símbolo de protección, por tanto, desde la etimología.
Su fortuna en toda Europa se debe a San Egidio, ermitaño provenzal de cuya vida se narran leyendas dulcísimas: protector de una cierva acosada por los cazadores, se convirtió en patrón de los débiles y los sufrientes, y en uno de los santos más venerados de la Edad Media, tanto que dio nombre a ciudades, iglesias y a la célebre Comunidad de San Egidio. En Italia el nombre tiene una larga tradición, llevado por filósofos y hombres de cultura como Egidio Romano.
Hoy Egidio se percibe como un nombre maduro, sobrio y un poco de otros tiempos, que sabe a seriedad amable y a raíces sólidas. Menos difundido entre los recién nacidos, conserva sin embargo una elegancia retro y una dignidad que los aficionados aprecian mucho.
Egidio es un nombre que sabe a escudo y a refugio. Su raíz griega lo liga a la egida, la coraza protectora por excelencia, y su santo es el ermitaño que hace de escudo a una cierva herida: dos imágenes que dibujan un carácter naturalmente protector, el tipo de persona a quien los demás acuden cuando las cosas se ponen mal. Hay en él una solidez reconfortante, la calma de quien no se altera y enfrenta los problemas uno a uno.
Egidio se imagina reservado, poco inclinado a los reflectores, feliz en su propia autonomía como el ermitaño en su bosque. No le gusta el ruido ni la competencia por sí misma: prefiere la sustancia a la apariencia, la coherencia al clamor. Esta discreción no debe confundirse con frialdad, porque bajo la corteza hay una ternura sincera, la de quien cuida al cabrito perdido y al más débil del grupo. La lealtad es quizás su rasgo más marcado: un amigo de Egidio es un amigo para la vida.
Generacionalmente el nombre evoca seriedad amable, la de los abuelos sabios y los hombres de cultura, y de hecho la tradición lo liga a estudiosos y filósofos como Egidio Romano o al incansable Forcellini, que dedicó su vida a un diccionario. De ello surge un retrato coherente: mente ordenada, paciencia de cartujo, gusto por el trabajo bien hecho y ninguna prisa por llevarse el mérito. Egidio es el custodio silencioso, el hombre del escudo que nunca empuña la espada pero está siempre listo a hacer barrera por quien ama. Un nombre que no grita, pero en el que se puede confiar.
Retrato lúdico, para tomar con una sonrisa.
Egidio ama como un guerrero que conoce el valor de la protección: intenso, devoto, con esa fuerza antigua de la egida que rodea y ampara. Su sensualidad no es frívola, es tangible, arraigada en una estabilidad que sabe a piel y a tierra. Se deja seducir por la inteligencia femenina, por esas mentes afiladas como la hoja de una espada, capaces de desafiarlo sin miedo. Ama el contacto físico, directo y honesto, carente de juegos de poder; para él, la pasión es un refugio, no una batalla. Sin embargo, su naturaleza, ligada a la etimología de "joven cabra", lo vuelve impaciente frente a la mediocridad y el aburrimiento. No soporta la indecisión o la superficialidad intelectual; si la compañera no estimula su mente o carece de autenticidad, su interés se desvanece con la frialdad de un invierno griego. Busca un alma que pueda soportar el peso de su lealtad, una cómplice que sepa correr por los senderos más empinados de la vida junto a él, con los ojos brillantes de pasión y el corazón firme como la roca.
Es de origen griego, de la forma Aigídios ligada a la egida, el escudo de piel de cabra; llegó al italiano a través del latín Aegidius.
Remite al 'portador de la egida' (escudo protector) y, por la raíz, al 'joven cabrito'.
El 1 de septiembre, en honor a San Egidio ermitaño.
Porque la leyenda lo hace protector de los débiles, los mendigos y los discapacitados; era uno de los Catorce Santos Auxiliares de la Edad Media.
En francés es Gilles, en inglés Giles y en español Gil: todos derivan del mismo santo.
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